Así, ya ves, la manzana cae a veces sobre la tierra y es como un golpe sordo entre los canales, un afelpado llamado de la gravedad, un plaf allí donde antes había polvo del canal, la huella inexacta de un hombre bajo el sol del verano, el murmullo de una copla del Ebro que alguien, oculto por los manzanos, tararea.
Y basta un oído para que el sonido exista, y el perro está ahí, alerta, y nadie sabe que ladra porque la manzana ha caído. El campesino en bicicleta advierte el hambre del perro, su sarna. Lejos de su pensamiento el detener el rumbo, desabrochar su mochila para arrojarle un pedazo de pan. El perro ha ladrado. Los animales oyen también con el tacto, y sus garras han percibido el rumor de la tierra, el sonido de la manzana que cae.
Gastón Navarro - Verónica Yattah

